En la antigua Grecia, cuna de la democracia, hace 2.500 años, los candidatos a senador se ubicaban en un edificio contiguo a la plaza pública, donde estaba reunido el pueblo. Cada postulante iba ingresando de a uno al paseo y se sometía la selección ruidosa de los presentes. Aplausos, vítores o silencios. El más festejado era el elegido. El “ruidómetro”, como se lo bautizó años después, era el sistema de votación para designar al representante de los electores. Imaginemos por un segundo que se intenta replicar este método para designar a los actuales legisladores. ¿Cómo funcionaría ese mecanismo a la tucumana? ¿Se trataría de presentar al mejor candidato para concitar la mayoría de las adhesiones generando un griterío que calle a los adversarios? No. Se buscaría llenar la plaza con miles se simpatizantes propios o bien con ajenos a los que se los convencería con un bolsón o con alguna prebenda para que se desgañiten aclamando al “elegido” de antemano. Picardía electoral que le dicen. Si los griegos hubieran tenido un dios del voto, y este hubiera estado impregnado de las ingeniosas dotes electorales de los tucumanos, Zeus habría perdido el Olimpo y la reelección y hoy estaríamos hablando del poderoso Tucudemos, y de dos de sus hijos nacidos de su cerebro: Lemas y Acoples; semidioses que el tiempo fue deformando hasta generar el repudio y el malestar del “demos”.

Atados de conciencia

Bromas aparte, en cada votación reivindicamos a la democracia, la forma elegida para elegir y ser elegidos. La ponemos en un altar. Pero no faltan los profanos, lo que la irrespetan con actitudes que bordean el delito, que caminan en el límite de la legalidad. En la provincia, al sistema lo han herido, le han encontrado su costado débil, y por más voluntad y ganas de erradicar costumbres malsanas, se engaña y se compra aplaudidores dispuestos. o indefensos. La fidelización no es ideológica, ni por propuestas, ni por identificación partidaria, o por el convencimiento propio de que se está eligiendo al que se cree que puede ser un buen gobernante. Lamentablemente, una parte de los empadronados -imposible cuantificarlo-, pequeña o grande, no sufragará libremente o a conciencia. No es problema de los dirigidos, sino de los dirigentes que han apostado a esta forma de degradar a la democracia. Cada bolsón es una bofetada al régimen.

¿Hay que recurrir a esta bajeza para conseguir un voto? ¿Hay que aceptar esta bajeza para dar el voto? La respuesta, obvia, es no; pero en la provincia se naturalizó este sistema de captación de voluntades. Está en la genética política. ¿Hay necesidad? Hay necesidades detrás de la pobreza, y detrás de la pobreza hay una oportunidad para la práctica clientelar. Ya casi es imposible desarraigar el bolsón; por más que desde las esferas del poder se diga que el que entrega mercadería a cambio de una boleta es un malnacido. Esa crítica ya no duele, no hace dar marcha atrás ni generar arrepentimientos tardíos. La piel de los rostros se ha endurecido. Prima el pensamiento del permitido: si el otro lo hace, yo también; y al parecer es un método exitoso porque sigue sumando adeptos.

La democracia defiende el derecho a elegir del pueblo; cierto; pero por estos lares, un sector del pueblo -otra vez, imposible de cuantificar- se ve obligado a acompañar al que lo compensa con un pasajero bienestar material. ¿Se puede cuestionar al ciudadano que estira su mano para recibir alimentos? Es opinable, alguno se atrevería a decir que sí, pero no. Para unos cuantos la democracia, por lo menos en los días de votación, es una buena oportunidad para comer gratis. Su voto vale para “pucherear” unos cuantos días. Las miradas deberían dirigirse a los repartidores de alegrías efímeras; para ellos un repudio absolutamente democrático.

Hay frases que por repetidas ya se han vuelto comunes en tiempos electorales: es la hora del soberano, el pueblo hablará en las urnas, el pueblo se hará oír en el cuarto oscuro. Metáforas reiteradas que obligan a pensar en aquella parte del padrón que recibe una contraprestación por su sufragio. ¿Habla o le hacen decir? La mayoría de los ciudadanos se expresará hoy una mesa de votación, dejará su opinión ensobrada, secreta, libre de presiones; pero a otro grupo no. Le dirán qué decir, a quién respaldar. No expresará, posiblemente, lo que querría por el compromiso asumido de seguir al que más tarde le agradecerá con aceite, fideos y yerba. Condenados a no poder desembarazarse de esa esclavitud moderna. Bien, algunos no querrán, pero no es el caso.

Vox populi, vox dei. La voz del pueblo es la voz de Dios, se apunta para sostener que lo que el pueblo determina es incuestionable. Si un sector del pueblo -reitero, que no se puede medir, pero al que se observa en las jornadas electorales portando bolsones; y hoy no será la excepción- no dice lo que siente, sino que manifiesta lo que otros quieren; entonces, ¿de quién es la voz de ese pueblo? Mucho ateísmo político por estos lares, mucho ventrílocuo del bolsón. Y todos caen en la misma bolsa, tanto oficialistas como opositores, unos en mayor medida que otros. Lamentablemente, no se puede contrarrestar este método ni siquiera con las advertencias de la Junta Electoral Provincial (JEP) a través de su resolución 961/15 del 30 de julio, denominada “Medidas contra prácticas clientelares”. Hasta ahora nadie fue preso por fomentar el clientelismo; incluso hasta hubo un ex integrante de la JEP que afirmó que el bolsón no constituía delito.

En fin, la resolución del organismo de control remarca que cualquier práctica destinada a condicionar o alterar la voluntad del elector en el marco de los comicios es contraria a los valores democráticos y a las normas legales. Y apunta: es responsabilidad de toda la sociedad evitar que la voluntad del pueblo se vea distorsionada mediante la solicitud al elector de votar en algún sentido a cambio de una promesa de dinero u otra recompensa. La primera responsabilidad es del Estado; pero hasta ahora vino fracasando en evitar que el clientelismo no prospere. Además, la JEP se limitó a recordar que el Código Electoral Nacional pena este tipo de conductas con uno a tres años de presión a quien compeliere a un elector a votar de manera determinada. En ese caso, unos cuantos trajes a rayas deberían tener prestos ya, aunque seguramente van a quedar colgados en el guardarropas. A los pillos no se los pilla.

Es que en la misma resolución, la JEP les advierte a los astutos de siempre qué es lo que no tienen que hacer para evitar el probable camino a la cárcel. Indica que los veedores judiciales deben evitar las prácticas clientelares en las escuelas y hasta 80 metros de ellas. O sea, a 100 metros, a entregar tranquilos, como almacén. Pero dice más todavía: recuerda a las fuerzas de seguridad la obligación de prevenir e investigar la comisión de cualquier ilícito electoral para evitar las prácticas clientelares el día de los comicios. Antes, el sábado, vale. El hecho de que no haya un preso desde hace varios lustros revela que las disposiciones no son efectivas, por lo menos en sus alcances. Haciendo un juego de palabras y recordando a un veterano dirigente político, es oportuno mencionar lo siguiente: en tiempos de comicios no vale lo afectivo, sino el efectivo. Imposible una síntesis mejor.

¿Es hora de imponer el voto electrónico para contrarrestar el clientelismo? La Constitución reformada en 2006 establece en sus disposiciones transitorias (artículo 157) que el sistema de votación electrónica se aplicará en forma progresiva, según lo permitan las exigencias técnicas y económicas que su ejecución demande. La ley reglamentaria del mismo deberá ser aprobada antes de la finalización del año 2006. Han pasado nueve años, los problemas económicos deben ser demasiados para implementarlo; o debe ser complicado reglamentar una norma como esta. ¿O es que no se quiere atacar, en el fondo, de ninguna manera, el clientelismo institucionalizado? No hacerlo es casi como fomentarlo indirectamente. Es una deuda que tiene el sistema. Tal vez no sea la gran solución, pero el sólo amenazar con implementarlo sería un buen mensaje. A esperar entonces. Mientras tanto, la democracia seguirá siendo atacada por sus flancos más débiles.

Como la marihuana

¿O será hora de pensar en la legalización del bolsón? Como el consumo de la marihuana en Uruguay. Imaginemos: el Estado reforma la Carta Magna e incluye entre las cláusulas electorales -como el acople- que todos los partidos podrán repartir bolsones, adquiridos con fondos que les proporcionará la Provincia. El Estado garantizará los recursos para la compra de las mercaderías. Y no habrá adjudicaciones directas, para no favorecer a empresas familiares, sino licitaciones públicas. Hay que guardar las formas y la legalidad. Además, cada bolsón llevaría la plataforma electoral de cada partido, una foto del candidato, y las principales 100 medidas de Gobierno. Todos los ciudadanos estarían en igualdad de condiciones y podrían elegir a quien mejor les parezca para ocupar un cargo público. Democracia plena, total, libre de clientelismo. Pero, no; Tucumán es la capital de la ingeniería electoral, centro de las mejores invenciones para captar el voto bordeando la ilegalidad; seguramente aparecería una forma más sofisticada de práctica clientelar: Votame y disfrutá tu bolsón en Cancún.

Más allá de las ironías; la provincia mostrará hoy un poco de esa mala imagen. Desterrar el clientelismo por ahora es una mera ilusión; por eso, a lo sumo, sólo se puede esperar que la incidencia de esta práctica en el resultado final sea mínimo. Para que finalmente la voz del pueblo sea de alguna forma esa voz incuestionable. Una voluntad soberana que no se pueda poner en duda, para que los elegidos cuenten con la fuerza de la representatividad para gobernar en paz, sin cuestionamientos ni acusaciones de fraude en las espaldas. La democracia no se merece que le falten el respeto, ni que por unos cuantos que se aferren a conductas cuestionables se ponga en duda que es el mejor de los sistemas de convivencia posible. Tucumanos, a las urnas, a decir lo suyo. Palabra de pueblo.